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La exigencia que daña

La exigencia agota. Es como mantenerse de puntillas durante largo tiempo, al final nos cansamos al sostener un vivir en desacuerdo con nuestra esencia, con lo que realmente necesitamos y queremos. Este agotamiento también se traslada a la musculatura corporal debido a la tensión nerviosa que conlleva la exigencia. El cuerpo se resiente, la musculatura se tensa y es cuando emergen dolores y contracturas. La exigencia que proviene de la responsabilidad, supone un peso que cargamos a las espaldas, y como la misma frase indica, es en la espalda en donde sentimos la tensión, sobre todo, en hombros, cervicales, cuello y trapecios.

Y no sólo agota, sino que también nos daña, a nosotros y a los demás. Como aquellos casos de personas que se exigen más y más en el trabajo, en las relaciones, que añaden más y más actividades a sus agendas. La exigencia es un impulso que nos moviliza en la acción, llevándonos hacia la necesidad de perfeccionismo, de disciplina, de responsabilidad, de conductas que pueden cristalizar en aspectos del carácter como la rigidez mental, el juicio, la crítica, el maltrato, la venganza, la arrogancia, la ausencia de empatía y bondad.

De la exigencia al juicio

El juicio es una de las primeras expresiones de una exigencia neurótica. Cuando vemos en uno o en el otro lo que no deseamos, fácilmente emitimos un juicio que viene de la mano de una crítica. Ésta nos daña los unos a los otros. El juicio no es una opinión, es una valoración otorgando o restando valor a lo que vemos, valorando como bien o mal, positivo o negativo, bueno o malo. Ya hablé de él en el término juicio.

Fácilmente con el juicio puede desencadenarse el sentimiento de altivez, arrogancia, orgullo y la ausencia de empatía y compasión al valorar negativamente. Nos ponemos por encima al ver que el otro no es o hace como debería o tendría que, según nuestros criterios. Sin embargo, cuando el juicio sobre nosotros es negativo, afecta a nuestra autoestima, dado que nos restamos valor a lo que somos por lo que hacemos. Lo que Fritz Perls llamaba el perro de arriba y el perro de abajo, el de arriba, juzga sobre cómo deberíamos ser y actuar (el de abajo), y cuando el veredicto es en contra, el perro de abajo se siente menos valorado, afectando pues a la percepción de valor de nosotros mismos y, por tanto, a nuestra autoestima.

De la exigencia a la venganza

El juicio merma la confianza en uno y en el otro, porque conlleva una falta de reconocimiento de lo que es, y este reconocimiento siempre suele ir asociado al sentimiento de dignidad de ser. A falta de percepción de dignidad, falta de confianza. Este sentimiento de carencia que conlleva esta percepción, nos impulsa a exigirnos más, con las dañinas consecuencias para la salud en general.

Una excesiva exigencia conlleva  una no aceptación, y esta excesiva voluntad puede transformarse en maltrato a uno o al otro, para hacer que nuestra voluntad sea como deseamos. El maltrato suele acarrear el castigo por no ser lo que esperábamos o deseábamos. Igual que cuando nuestros padres nos castigaban al no actuar como ellos querían, una manera habitual de corregir una conducta no deseada. Experimentar el castigo, el maltrato, el juicio, el rechazo, etc., nos predispone a repetir las mismas conductas vividas de niños cuando adultos. Podemos castigar de forma explícita mediante la venganza o de forma implícita a través del silencio y la indiferencia.

La venganza, ya sea explícita o implícita, son formas de castigar al otro por no cumplir con nuestras expectativas según nuestras exigencias del “deberías” o “tendrías que”. Implícitamente en estas conductas, está la falta de libertad para que el otro sea, cortando de forma natural el proceso de desarrollo y expresión de lo que es en el momento. Cuando el castigo nos los auto-infringimos, obviamente nos lastimamos.

La exigencia nos lleva a no ver al otro, porque sólo vemos lo que NO es, deseando que sea lo que queremos que sea, proyectando por lo tanto en él nuestras necesidades, nuestros “tendría o debería ser”. Desde la exigencia ni vemos, ni aceptamos, postura desde la que es difícil conocer, cuidar, respetar y amar, tanto al otro, como a nosotros mismos. En última instancia, la exigencia neurótica nos aleja de nuestra esencia y del otro.

La energía femenina en el patriarcado

Vivimos en un mundo cargado de exigencias, una energía eminentemente masculina que forma parte de lo que viene llamándose el patriarcado. Un mundo en donde predominan las funciones del hemisferio cerebral izquierdo, un mundo en donde se premia y por tanto se refuerzan las conductas que mantienen este patriarcado, un mundo predominantemente masculino. La energía femenina necesita recobrar su lugar y su fuerza dentro de nosotros, para compensar en el mundo está predominancia masculina que está destruyendo el planeta e infligiendo sufrimiento sobre todos los seres.

 

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por Pepón Jover

Psicólogo Transpersonal y Terapeuta Gestalt

Fundador de Círculos Essen

info@circulosessen.es

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