Me arrodillo frente a la vida

Vulnerable, con el corazón en mis manos, me arrodillo frente a la vida, junto mis palmas a la altura de mi corazón, bajo mi cabeza y desde la paz de espíritu y la humildad del que contempla la majestuosidad del cielo celeste, agradezco a La Vida esta vida que me ha dado, este cuerpo desde el que experimento, este hogar en el que despierto cada mañana, estos padres que tanto me quieren, el trabajo que me permite comer, las amistades con las que comparto, río y me apoyo, esta salud y energía de la que disfruto, los dones y virtudes que pongo al servicio, y la abundancia de experiencias que me trae la vida para crecer.

La gratitud es un sentimiento que emerge desde el corazón en la medida en la que somos capaces de reconocer el valor de lo que la vida nos trae. No es posible una verdadera gratitud sin un auténtico reconocimiento. Y para ser capaces de reconocer es necesario primero ver.

Esta vida que cada día se desliza entre los dedos de nuestras manos, trae a ellas situaciones, pertenencias, personas, experiencias y conocimientos, y en la medida en la que somos capaces de detenernos a contemplar lo que transcurre entre ellas, podremos apreciar su valor.

Vidas estresadas que andan de aquí para allá, con agendas cargadas de actividades, algunas persiguiendo el éxito para ser alguien en la vida, otras persiguiendo el dinero y sacrificando su tiempo vital, otras demasiado inmersas en la vida social y las relaciones como vía para también estar lejos de sí… otras más pendientes de lo que carecen que de lo que disponen… en definitiva conciencias todavía dormidas y ciegas de corazón, están más lejos de ver, para apreciar el valor de lo que se traen entre manos. Otras, tan sumidas en sus dolores, sufrimientos, angustias y preocupaciones, que no pueden todavía dar dos pasos atrás para mirar desde una perspectiva más distante. En este caso es el sufrimiento, que nos consume de tal modo que oscurece nuestra conciencia, apaga la luz de nuestro corazón y debilita nuestro cuerpo y nuestra voluntad.

Detenerse para ver

Para ver es preciso detenerse. Como contemplar una bella flor al caminar. Es necesario pararse para ver. Ocurre muchas veces que la vida nos detiene cuando el ritmo es demasiado acelerado e inconsciente. Algunos son capaces de aprovechar la oportunidad para contemplar el curso de su vida y empezar a ver para cambiar, otros, los más, víctimas de las circunstancias tratan de recuperarse para continuar con su ritmo inconsciente.

Este ver es un darse cuenta, un hacer consciente, un traer a la conciencia el valor de lo que una situación, experiencia o persona nos da o nos ha dado. El reconocimiento del valor es un proceso más emocional que mental, y lleva más tiempo. Es así que, al conectarnos con nuestro corazón, es cuando se abre y es más fácil apreciar el valor de lo que la experiencia nos ha traído reconociendo y agradeciéndolo.

La gratitud auténtica surge del corazón y está impregnada de emoción. Es fácil emocionarse y ver como desde las ventanas al alma se desliza por nuestras mejillas el agua de la vida cuando sentimos un genuino agradecimiento hacia la vida o hacia alguien. Nos emocionamos.

Una experiencia de vulnerabilidad, nos arrodilla… cuando el dolor nos abre el corazón, nos volvemos más humildes y amorosos… y cuando la paz vuelve a nuestro corazón tras atravesar la oscuridad del dolor, es cuando empezamos a ver el sentido que tales experiencias tenían para nuestro camino. Es en este punto en donde lo vivido cobra más sentido, lo bueno y lo malo se unen en un todo, y nos deja con un simple gracias, gracias porque crecí, gracias de corazón.

A medida que el corazón se abre a agradecer, aprendemos a fluir más con lo que viene, sin pretender tanto y sin imponer nuestra voluntad sobre la vida.

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por Pepón Jover

Psicólogo Transpersonal y Terapeuta Gestalt

Fundador de Círculos Essen

info@circulosessen.es

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