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Dolor de corazón

La pérdida de aquello que deja de formar parte de nuestra vida comporta inevitablemente dolor en el corazón si el vínculo que sentimos es estrecho y fuerte. La pérdida forma parte de la vida y son muchos los tipos y las razones por las cuales perdemos. Hay pérdidas por separación, las hay por fallecimiento, las hay por muerte trágica, las hay por muerte repentina, las hay anunciadas, las hay por traición, las hay de todos los colores. Pero si existe un elemento en común, es el dolor de corazón cuando el vínculo es significativo… nos deja con un gran vacío en el pecho, en nuestro día a día, en las rutinas y quehaceres.

Dependiendo del vínculo y la intensidad afectiva, la sensación es desgarradora, uno se rompe en mil pedazos, cae al suelo, las lágrimas brotan sin parar y hasta el llanto podemos escuchar. La garganta se cierra por el ahogo que sentimos… hay pérdidas que nos quitan vida, como si parte de nosotros se fuese con lo que se va… la respiración se corta, la garganta se cierra y el dolor de corazón aumenta. Nos falta el aire, nos falta vida… el cuerpo se estremece, tiembla y pierde también su fuerza, verticalidad y entereza.

Afecto de los queridos

Necesitamos que nos sostengan, que nos abracen, que nos acompañen, que nos consuelen. La pérdida nos deja una herida como si nos arrancasen parte del corazón… más grande la herida cuanto mayor espacio ocupaba en él… Que tránsito tan duro… noches sin dormir, días sin ton ni son. Parece que la vida ha perdido su color y la realidad pasa a ser en blanco y negro.

Parece que la vida ha perdido su color y la realidad pasa a ser en blanco y negro.

Empezamos a echar de menos los pequeños y grandes detalles que nos vinculaban en el día a día… y cada vez que el recuerdo viene a nosotros, el corazón se abre y el Alma vuelve a llorar. Nos sentimos altamente vulnerables y sensibles al contacto, el afecto, el cariño, el apoyo, al amor incondicional de quienes nos quieren. Son momentos en donde buscamos el calor y el apoyo.

Sanación de la herida

La pérdida nos deja una gran herida en el corazón, y necesitará su tiempo, cuidados, atención y cariño para irse curando, cerrando, cicatrizando y finalmente pasando a formar parte de nuestra historia, de nuestro ser. La pérdida nos deja en la oscuridad, más intensa cuanto mayor el dolor… y el tránsito, si somos capaces de recorrerlo consiste en volver a la luz, a la que siempre estuvo allí, en nuestro interior.

El tránsito lleva su tiempo, como todo duelo, y es sanador dejarse atravesar por el dolor, darse el espacio para sentirlo y expresarlo. Evitamos así que quede pendiente. Puede ser tentador evadirse en la actividad y la distracción, “para no pensar y no sentir”, sin embargo, sólo alarga el proceso. El tránsito tiene su ritmo, sus vaivenes, y poner conciencia y atención en darse cuenta de qué necesitamos hacer para sanarnos y cerrar un capítulo, es crucial para ayudar en esta experiencia. Tomarse el tiempo de escucharse y sentir “qué necesito hacer para cerrar este ciclo” es clave para sanarse y recuperarse.

Tomarse el tiempo de escucharse y sentir “qué necesito hacer para cerrar este ciclo” es clave para sanarse y recuperarse.

El vacío interior

La pérdida nos enseña mucho sobre los vínculos que establecemos, la calidad y profundidad que tienen, sobre la madurez del amor que somos capaces de sentir, sobre la conciencia que tenemos de nuestro vacío existencial y cómo nos relacionamos con él. Podría decirse que cuanto más llenamos ese vacío con lo de fuera, con el otro, con la actividad, etc., más grande se hace porque menos lo llenamos con nosotros mismos. En el momento en el que aquello que llenaba tanto parte, el vacío se hace presente y la sensación es de vértigo. Ocurre entonces que nos falta el aire, el pecho nos oprime y sentimos que nos falta vida…

Darse cuenta de la existencia de este vacío existencial y tener el valor de afrontarlo es tarea heroica. Llenarse de uno es posiblemente lo más difícil de esta vida, más cuando la distracción, la tentación, el estímulo, la actividad, la tecnología, las obligaciones, la agenda sin huecos son el pan de cada día. Nos ocupan tanto, que fácilmente pasa inadvertido, y sin embargo está ahí influyendo en nuestro sentir, en nuestras decisiones y vínculos.

Ese vacío nos conecta con la auténtica soledad y con el hecho que el verdadero encuentro es con uno mismo. Es mi sentir que las experiencias de muerte y renacimiento, vulnerabilidad, pérdida, apertura de corazón, entre otras, nos acercan más a nuestra ESENCIA. Nos brindan la oportunidad, si las aprovechamos, de conocernos y de establecer un vínculo más íntimo.

Las experiencias de muerte y renacimiento, vulnerabilidad, pérdida, apertura de corazón, entre otras, nos acercan más a nuestra ESENCIA.

La madurez del amor

Las pérdidas también nos muestran la madurez de los vínculos que establecemos, dado que cuanto mayor el vacío, mayor la necesidad, la dependencia y el apego generado a lo externo y sobre el otro. Parece que sin el otro no podemos vivir y sin embargo sí. Cuando nuestro vacío se reduce por nuestra propia presencia, el vínculo es más libre, más sano, porque nos sostenemos en nosotros a pesar de los vaivenes de la vida. Esto no significa que no sintamos el dolor de una pérdida sino que aun sintiendo el dolor, somos capaces de separar al otro de nosotros.

Nos muestran también la calidad del amor que somos capaces de sentir, ya que si algo caracteriza al genuino amor es la libertad. Cuanto más nos llenamos de nosotros más capaces seremos de generar un amor más genuino hacia los otros. Este proceso conlleva pasar del niño al adulto, ya que es este último el que se sostiene sobre sí mismo.

Como dice el maestro Jorge Llano, la lealtad está con el camino… a pesar de las pérdidas que la vida conlleva, seguir adelante con el coraje de mantenerse fiel a uno mismo, al propio camino y propósito vital.

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por Pepón Jover

Psicólogo Transpersonal y Terapeuta Gestalt

Fundador de Círculos Essen

info@circulosessen.es

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